Los hombres del Ayuntamiento bajaron la cuesta empedrada que partía en dos el principal pabellón del cementerio. Había que caminar ciento treinta yardas antes de girar a la izquierda, llegarse hasta la fuente nueva, y tomar la dirección de los cipreses recién plantados, los que sustituían a aquellos que derribó la tormenta del último verano. Una vez en el lugar, y en lo que era una lápida sin nombre (sólo las iniciales H66RVSTD), comenzaron a sacar el ataúd.
Esperaron a que volviera el juez de Hibbing, que había ido a orinar en mitad del trabajo. Cuando volvió abrieron la caja, vieron que estaba vacía, y en medio del silencio la volvieron a enterrar. Nadie quiso recordar nunca nada de lo sucedido. Para todo el pueblo, para todo el mundo, ahí abajo estaban sus restos. Pero el rumor estaba tan vivo como el hombre que se suponía allí abajo. Pueden preguntar a los viejos del lugar, que nada saben de música ni de mitos. Dylan estaba vivo.


